Curiosidades

NOTAS GEOGRÁFICAS

Robledondo, es una de las entidades de población que junto con La Paradilla, Las Herreras, La Hoya, Navalespino y La Estación configura el término municipal de Santa María de la Alameda. Por tanto, muchos de los datos generales serán comunes para las entidades de población, aunque cada una tendrá su propia idiosincrasia, su “modus vivendi”. Robledondo ocupa 25,2941Ha de los 75,9 Km2 del municipio. Y cuenta con una población de 234 habitantes. Siendo 127 varones y 107 mujeres; distribuidos por grupos de edad, de esta forma: De cero a 14 años, 27 personas; de 15 a 34 años, 71 personas; de 35 a 59 años, 74 personas; de 60 a 99 años, 62 personas. De lo que se deduce, que es un municipio con población relativamente joven, ya que de quince a 59 años hay 145 personas. El Estudio urbanístico de la zona 3 de la provincia de Madrid (P.A.I.), refleja una superficie de 11,26 Ha., con 136 viviendas construidas en un suelo ocupado del 61,19 por ciento.

Está situado al noroeste de la Comunidad de Madrid, en plena sierra de Guadarrama. Limita al Norte con Santa María de la Alameda, al Sur con Robledo de Chavela, Zarzalejo y San Lorenzo de El Escorial. Y al Este con la desaparecida Cereda y La Hoya. Se encuentra a una altura de 1.150 metros. Es el término de menor altura, pues la media es de 1.400 metros. Con La Hoya y La Paradilla 1.420 metros respectivamente. Al lado oriental del término se alza el cerro del San Benito, con 1.626 metros de altitud. Recorre el término el arroyo de Robledondo, que vierte sus aguas en el río Aceña, y éste, en el Cofio. Posee una riqueza forestal con robles. El topónimo de Robledondo es de claro origen vegetal, referidos a su vez a accidentes geográficos. Así se leen: robledo hondo o roble hondo. Cruza el término la M-535 en dirección de Santa María de la Alameda y Peguerinos, que a su vez viene de la M-505. Uno de los ramales de la Cañada Real Leonesa, cruza cerca de la presa del Tobar hacia el puerto de San Juan de Malagón. En dirección hacia La Paradilla atraviesa la Colada de la Cruz Verde, por el puerto homónimo. Debido a su altitud, cuya característica fundamental es una acusada continentalidad propia de montaña, se suceden cortos veranos y prolongados inviernos con intensas precipitaciones de nieve y heladas durante buena parte del año.

Estamos, por tanto, en un enclave típico de montaña, con terrenos de fuertes pendientes y recubrimientos vegetales bien de pinares, enebrales, robledales. O bien de pastizales y retamas. La especie más representativa es el roble, en nuestro caso; en el resto del municipio, es el enebro. También se dan acebos, abedules, mostajos, rebollos, encinas, sauces y enebros. Por superficies inferiores aparece el pino negral y el silvestre. Las unidades de vegetación más comunes son los retamares y los pastizales xerofíticos. El extracto arbustivo está caracterizado por la jara, el cantueso, el tomillo y el piorno. Prácticamente no existen tierras de cultivo, salvo los huertos de carácter familiar que se riegan aprovechando el curso natural del arroyo.

Común a las entidades de población se dan aves, mamíferos, anfibios, reptiles e insectos, a saber: milano real, halcón peregrino, búho real, águila culebrera, águila calzada, buitre leonado, azor, ratonero común, alcotán, cernícalo acuático, oropéndola, águila imperial, nutria, gato montés, tejón, jineta, garduña, comadreja, gran careto, muflón, zorro, conejo, liebre de piornal, ardilla, lagartija serrana, culebra de herradura, lagarto verdinegro, salamandra, tritón, lagarto ocecado, culebra de escalera, culebra bastarda, ciervo volante, mariposa isabelina (la que descubriera en 1848 don Mariano de la Paz Grells y Agüera, catedrático y director del Real Museo de Ciencias de la Naturaleza de Madrid, en los Pinares Llanos de Peguerinos) y mariposa apolo.

RECUERDOS…

Con los pueblos me sucede como con las personas, que, cuando les tomo cariño ya soy imparcial al hablar de ellos. Y eso me pasa con Robledondo, el pueblo en el que vivo ahora, en una casa con balcón desde donde la vista le ahíta a uno. Además este pueblo forma parte, de alguna manera, de un trozo de la historia de mis recuerdos personales. Siendo niños, padre, nos llevaba en el legendario 600 a bañarnos en las aguas del río Aceña. Despu´s de pasar la jornada en el río, a la vuelta parábamos en Robledondo a tomar chuletas y vinmo y a bailar el rondón en la plaza de la Iglesia, el día de San Ramón, bajo aquella cucaña al sol, marcando los pasos de baile, acariciando con la punta de los pies la arena o paseando en círculo al ritmo del tambor. Robledondo es un pueblo entrañable. Ascendiendo la carretera que va a dar a Ávila, y una vez superado el puerto de la Paradilla, con sus 1.342 metros de altitud; ya en dirección de Santa María y Peguerinos, timbado sobre el monte, al socaire de los vientos, pasamos el puente sobre la carretera, bajo el cual fluye el arroyo Robledondo (en esta época del año, impetuoso). Se me había olvidado advertir al lector que estamos en pleno invierno. Y la nieve ya hizo acto de presencia varias veces. Pero no fue como aquel mes de febrero de 1955, que nevó tres días con sus noches. Y hubo de hacerse unas trochas por la nieve para llevar a las vacas a abrevar al caño. Y se bajaba hasta San Lorenzo por la tapia caminando, llevado atado a las espaldas una cántara de leche de seis azumbres (doce litros). Aparecen a la vista en nuestro viaje los pajares y establos típicos de este lugar que antaño se llenaban de paja y de animales. Las puertas de ventanas y garajes son verdes en Robledondo, como si se pretendiera homenajear al campo. Este pueblo, como se verá más adelante, que de su nombre a la Naturaleza.

Hasta no hace mucho, campeaban las gallinas a sus anchas en este remanso de paz, donde el reloj parece haberse detenido, como sus gentes, a recibir sentados al tranco de la puerta el sol de la tarde en sus manos arrugadas de tiempo. Ahora no es que no haya gallinas, es que están en los corrales.

Todavía se celebra la “matanza” del cerdo entre amigos y familiares. Hay una curiosa anécdota sobre la “matanza”, que fue el nombre que se le dio al Centro Cultural. Habíamos pasado el puente sobre su arroyo y nos encontramos, junto al taller de Valentín, un tapial blanco, en el que se lee: Carnicería y Panadería, con letras rojas sobre la pared. Indica al viajero, que en la calle del Practicante Olmeda, está la única tienda del pueblo, donde los viernes, encuentra uno carne, -a mi parecer- tan buena o mejor que la de Las Navas del Marqués. La regenta Juan Carlos Aparicio, que también es concejal del ayuntamiento, en Santa María de la Alameda, cabeza de partido. Su padre, Justo Aparicio, en otra época política, trajo el agua al pueblo, entre 1968 y 1973, con ella, el alcantarillado. Y aún recuerda, cuando se inaguró la maquinaria en río Aceña que trajo la luz al pueblo, antes de la guerra civil, porque hubo paella aquel día, con unas almejas enormes. Más tarde, por el elevado precio se trajo de San Lorenzo. Junto a su tienda estuvo ubicada la Pensión de la tía Modesta; donde se celebraban los bailes y carnavales, y paraban vendedores y transeúntes que iban de camino a Peguerinos, o a vender pimentón y miel. Parece que fue ayer, cuando se venía en mulas o en pollinos. Como aquel día que no pudieron subir con los animales, porque se formó una enorme “vejiga” que les impidió el paso. A la “vejiga”, que escribo así, le llaman a una especie de remolino de viento de enorme virulencia, que empuja el agua de lluvia acumulada y la hace explotar. Años después, las siguientes generaciones conocieron otro baile, al que se traía un organillo con el camión de “La Lechera” –aquella empresa de transportes de San Lorenzo-: El Salón de Gabino. Siguiendo la carretera, dejamos a la mano izquierda el Bar Avenida, el único que queda en el pueblo, donde se juega por las tardes la partida de tute y mus. Los bares de los pueblos, de alguna manera, constituyen otro importante lugar de encuentro; nos encontramos con la iglesia, remozada por las consecuencias de la guerra, en los años 50 del siglo pasado, y su plaza, cerca del colegio donde los más pequeños llenan de algarabía el silencio de la mañana, que sólo lo trastoca el claxon del camión de la fruta o del pescado que viene entre semana a vender la mercancía. Hay un ambulatorio atendido por ATS y médico. Bajo los altos muros, se encuentra el Centro Cultural y la casa del párroco, don Néstor, actualmente. A veces cruza la carretera una perra de color canela, delgada y cazadora. Cuando se empreña, el dueño le mata los cachorros por no poder criarlos. Hay gatos en los alfeizares de las ventanas. Y se oye en el silencio del día las esquilas de los merinos, que Alberto, el pastor conduce a la majada. A veces lleva de la mano un cordero recién nacido. Y dos perros pequeños y oscuros azuzan al ganado. Lo que es hoy campo de fútbol, fue en su día era, “La Erezuela”, donde se trillaba el cereal. En Robledondo hubo hornos de cocer, se hacía cada quince días. Aún queda uno junto a mi casa, en la calle del Duque de Alba. Y se hizo plaza de toros para celebrar la capea en las fiestas del patrón, con su incidente con las fuerzas del Orden Público. Pero se instaló en su coso, parque infantil, al no poder costear los festejos que la nueva ley impuso. Hubo carnavales, hoy en día se celebran en el Centro Cultural. La gente se disfrazaba con pieles de ovejas vueltas, calzoncillos largos y sábanas blancas, y salían a las calles del pueblo de esa guisa. Se les llamaba “máscaros”. Hecha esta introducción, que como se ha visto, tiene mucho de subjetivo, intentaré si se me alcanza, pergeñar algunas líneas, en la medida de la extensión de este trabajo, que nos traiga recuerdo de lo que fue, es y será este lugar pintoresco. Como en otras ocasiones, recurro a los recuerdos, a los hechos cotidianos, que, se quiera o no, configuran la vida de los pueblos. Hemos apuntado algunas notas geográficas, históricas (basadas en textos concretos); se aporta las vicisitudes por las que pasó el Centro Cultural, se va a recordar la gastronomía, el patrón del pueblo; con el folclore de la villa, aparecerán algunas piezas, que son verdaderas joyas, como bailes y un villancico del Padre Soler; la ganadería –motor de la economía local-, o la labor de los profesores, párrocos, médico y practicantes.

SAN RAMÓN NONATO

Cada 31 de agosto se celebran las fiestas en honor de San Ramón. Y se baila las jotas de Robledondo y los rondones, acariciando con la punta de los pies la tierra, o paseando al ritmo del tambor. Antes de hablar del santo, lo haremos de la parroquia que lo acoge, con la aportación de los datos de su “Memoria arquitectónica”: Iglesia dedicada a San Ramón Nonato, construida hacia el año de 1904 (no existen datos sobre la fecha exacta), situada en la plaza del mismo nombre, en el pueblo de Robledondo, considerado barrio de Santa María de la Alameda. Consta de dos entradas: la principal realizada en madera de pino y otra metálica que da acceso a la sacristía. Las ventanas se sitúan cuatro en cada lateral, las extremas fijas y de apertura las centrales; más dos que se encuentran en la sacristía. Realizado en su totalidad en mampostería a excepción del campanario con sillares de granito.

Posee un friso perimetral de piedra de 2×60 cm. Y cinco contrafuertes visibles también en el interior que continúan formado un arco de 30 cm. De flecha. Tanto en la parte principal como en la posterior se observan dos cruces, relieve y rebajada respectivamente. El dintel de la puerta principal hormado por piedras de granito. El interior acabado en yeso blanco. Peldaños interiores de granito y solado con baldosas de 30 cm. X 30 cm. La cubierta, a dos aguas con teja plana y de otra menor pendiente a distinto nivel, correspondiente a la sacristía. Posee canalones metálicos de forma rectangular. La iluminación interior es por medio de 10 puntos de luz situados en los contrafuertes. En el exterior por medio de farolas.

Fue destruida parcialmente durante la guerra y restaurada a partir de 1945. Las obras consistieron en: demolición de la fachada con espadaña, uno d elos muros laterales y cubierta de parhilera con aprovechamiento de tejas útiles, y la reconstrucción mediante fábrica de mampostería con mortero de cemento, nueva armadura y falso techo, carpinterías y acabados generales. Conociendo la vida del Santo (aquel que nació habiendo muerto su madre antes del parto), quien quiso ser pastor de rebaños, apacentaba su alma con la contemplación en los asuntos celestiales. Su padre que le envió a una quinta, se presentó un día de improviso y vio que estaba guardado sus hatos de pastorcito de extraordinaria hermosura, que, no otro que un ángel, según le reveló la Virgen en sueños. Viajando a Roma enfermó el Santo al llegar a Ardona. Estaba ausente el sacerdote que le había de administrar el santo viático y, deseando Ramón con vivísimas ansias recibirlo; se lo administraron los propios ángeles. Murió el día 31 de agosto de 1240 a los treinta y seis años de edad. Ya en vida y mucho más después de muerto, se le han atribuido numerosos milagros; nominalmente en las epidemias, tanto de personas como de animales; pero su más singular protección se ha experimentado en los partos, en especial mediante el agua bendita y la candela llamada de San Ramón, en memoria de haber sido tan providencialmente sacado a la luz de este mundo. Nadie mejor que un pastor para santificar a los ganados y ganaderos, que a la postre han sido el origen de esta villa. Pero no ha respondido la elección a tan bucólicas estancias. Me lo corroboró don Florentino, el anterior párroco; él cree como cree quien suscribe, que San Ramón fue elegido por el primer párroco de la villa, don Ramón Esteban Jovio; bien por devoción o bien por llamarse Ramón. Como también bautizó con los nombres de Ramón a los dos varones nacidos en la villa: Ramón García Peña, que nació el 28 de agosto de 1909, y, Ramón Manzano Martín, que nació el  de septiembre de 1909.

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